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17 may 2012


“El adolecente y la calle”
Aprender a andar solo por la calle es un paso muy importante en el camino hacia la  independencia. Padres e hijos suelen sentir temores ante los riesgos que implica este aprendizaje.
Al comenzar la pubertad los jóvenes ya circulan solos. Toman colectivos, van al colegio, salen con amigos; ya no dependen de sus padres para trasladarse.
Esta independencia no se conquista de un día para el otro. En realidad se trata de un aprendizaje que comenzó como un juego varios años atrás, haciendo pequeños  mandados o visitando a un compañero. Y poco a poco el juego se transforma en hábito.
En esta etapa los chicos gozan de mayor libertad que antes, pero también deben  enfrentar nuevos riesgos.
Es frecuente que las primeras salidas se hagan en grupo. El temor que se siente al afrontar situaciones nuevas se atenúa con la compañía de los amigos.
El mismo miedo también lo experimentan los padres. Hasta este momento llevaban y traían siempre a los niños y ahora deben ubicarse en una situación más igualitaria, en la que todos los integrantes de la familia se manejan por su cuenta y pueden prescindir de los demás.
Aunque, por un lado, los padres se sienten aliviados al tener más tiempo libre, por el otro se preocupan por  los peligros que pueden correr los jóvenes en la calle sobre todo en las grandes ciudades donde la violencia social va en aumento. Sin embargo, la protección que se brinda a los hijos no puede prolongarse indefinidamente.
Es inevitable que corran riesgos y aprendan a encontrar salida a las situaciones difíciles que deban enfrentar.
Los padres podrán tranquilizarse si comprenden que durante toda la infancia sus hijos han adquirido, en la familia y en otras instituciones, normas y pautas de comportamiento que les servirán en esta nueva etapa. Deben confiar en que los jóvenes son capaces, en buena medida, de reconocer el peligro y también de diferenciar las conductas correctas de las que no lo son.
El papel de los padres en este tramo del crecimiento de sus hijos consiste en favorecer la paulatina independencia sin dejar de supervisar las situaciones que lo requieran.

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